La reseña

M

ujer, ciertos años, un número fijo de centímetros uno encima del otro, una cantidad vagamente variable de kilos, ojos y pelo de un determinado color, profesión y lugar de nacimiento. Y para acercar al personaje, una anécdota, una canción, la repetición errática y excesiva del verbo perturbar. Con eso basta para una reseña de Bolaño.

Una novela sería más compleja y compasiva, tendría opinión y cercanía al personaje. Un poema sería ideal y eterno.

Sin embargo, una reseña basta con que sea verdad. Una verdad tan de verdad, que se consume a sí misma dejando fuera todo lo demás, dejando tanto fuera que se convierte en una mentira. Y mañana, otra reseña.

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No eres única, eres idiota

La gente anda necesitada de que le digan con cierta regularidad que es idiota. No única, especial e inigualable, simplemente idiota.

Ayer lo vi claro en  una muchacha que me cae mal, muy mal. Mal entre otras cosas porque vive en un perpetuo drama y ha hecho del provocar lástima su modo de vida y sufre más que nadie y siente más que nadie. Sin embargo, ayer me despertó un instantáneo punto de simpatía y compañerismo al conocer un poco más de su vida, al escucharla explicar que había sido gorda, acomplejada y objeto de burlas en el colegio. Y por un segundo sentí un ‘mira, como yo ella también lo pasó mal de niña’.

En ese segundo fui magnánima y estupendamente comprensiva, con cascadas de empatía chorreando primaveralmente, angelical y bondadosa. Pobre criatura que sufrió lo indecible porque en el colegio se burlaban de ella, qué infancia tan desafortunada y tan singular. Ah, espera. ¿Singular? ¿Singular que se metan contigo en el colegio? ¿Singular no haber sido una criatura infinitamente feliz y popular como en una serie familiar de los ochenta?

Amigo, qué injusticia. Esta chica tiene una vida disfuncional porque sus compañeros de clase eran unos capullos con ella. Imagino que en su cabeza eso no le ha sucedido nunca a nadie, nunca nadie compartió aula con compañeritos que se reían de uno porque era gordo, de otra porque era gafotas, de otro porque era torpe o tenía bigote o llevaba aparato o era tetona a destiempo.

No es raro lo de esta muchacha. Se me vienen a la cabeza algunos que explican todo su hoy con parecidas historias tristes. Para algunos, como yo misma, a no haber tenido un colegio idealizado. Para otros es su familia, un padre que no era cariñoso, un divorcio temprano o un fallecimiento. Para otros, más tardíos, un despido, una novia que les rompió el corazón.

Idiotas, idiotas todos. ¿Qué os pensáis que es tan particular en vuestra vida? Vivir en una supuesta incomprensión cuando absolutamente todo el mundo que te cruzas cada mañana ha pasado por los mismo sitios que tú y ha visto lo que es ganar y perder lo que uno más quiere, ha sentido la inseguridad, la soledad y el rechazo y ha pensado que las canciones tristes hablaban sólo de él.

“No eres especial. No eres un bonito y único copo de nieve”

Tyler Durden – El club de la lucha

Idiotas que se auto compadecen y se declaran incomprendidos que si dejaran de mirarse el ombligo sabrían que son solamente egocéntricos a los que les va bien echarle el muerto a otro. Así que no, no somos tan únicos ni nos pasan cosas tan inauditas. Somos idiotas. Y conviene escucharlo con regularidad.

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El decálogo de Magdalena

Conjunto de normas o consejos que, aunque no sean diez, son básicos para vivir como una Magdalena.

  1. Hay que tener gato
  2. Hay que llevar sombrero (ellas)
  3. Hay que dejarse barba (ellos)
  4. Hay que exagerar
  5. Hay que abrazar las contradicciones
  6. Hay que dejar las frases sin punto final
  7. Hay que pensar más ‘hay que’s’ para el decálogo

 

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Mitos y leyendas

Desde que me acuerdo he querido escribir. Una novela, cuentos, biografías… cualquier cosa que me permitiera ganarme la vida moviendo los dedos sobre una hoja de papel o un teclado. Y sin embargo, estoy en el atasco también desde que me acuerdo con algunos relatos sueltos, una especie de diario que es una relación epistolar que mantengo conmigo misma por mail y las notas que escribo cuando salgo de viaje y me acuerdo. En el avión me acuerdo siempre y me entra compulsión de escribir, pero cuando aterrizo hay veces que ya se me ha pasado.

Ese deseo siempre ha tenido aparejado un impedimento que no deja de crecer. He querido escribir como me gusta leer y me temo que eso no me sale. Hilar frases como las de Marguerite Yourcenar o crear historias como las de Cortázar o pintar atmósferas como las de Natsume Sotseki. U otros. Como no puede ser de otra manera, arrastro una adolescencia de acomplejada inadaptada que mutó en inseguridad galopante y resultó en perfeccionismo aplicado a la inacción. Si no puedo escribir como sueño, jamás escribiré, jamás.

Desde hace unos meses quería escribir un cuento inspirado en los mitos de Medusa y Polifemo, pero sólo se me ocurren cosas raras con ínfulas de profundidad. Frases raras y pseudo intensas como ‘su único (de ella) temor era que todo al que mirara se convirtiera en piedra’ o ‘uno de sus ojos estaba plagado de estrellas, el otro era frío como el hielo’… Con estos mimbres, no podía hacer otra cosa que abandonar.

Pero sigo con la idea de los mitos. Ahora me gusta la idea de Medusa y Ulises, con personajes que hacen calceta y se convierten en piedra. Se me ocurre alguna frase rara al respecto… Lo voy a intentar.

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Imagen @ GevilGroup.com

Regalo

Por obra y gracia de su aliento, de su sonrisa, la virgen conoció el cielo en la tierra, perdió la voz y se llenó de fiebres. Por la imposición de su mano, mutó en Magdalena y buscó desde ese día que otras huellas de otras manos, de otros labios pudieran, si no borrar, al menos amortiguar la quemadura.

Se olvidó, se embotó y se perdió.

Hoy La Magdalena cumple su mayoría de edad y como regalo ha vuelto a soñar con él.