Magdalenas e inmaculadas

Hay una sabiduría primaria en la infancia que va más allá de la racionalidad o de las palabras para explicarlo. Sabiduría primaria o puro instinto de supervivencia, quién sabe.

Así, una niña, antes de entender nada, ya sabe reconocer si su equipo es el de las magdalenas o el de las inmaculadas lánguidas. No lo entenderá, no lo ha elegido, no podrá explicarlo, pero lo sabrá sin lugar a dudas. Por todo y por nada. Porque le remueven películas clásicas con gatas en el tejado, condesas descalzas o rugidos de la marabunta y le sorprende que a otras no les pase. Porque ve tragedias de amor donde otras personas no ven nada de eso mucho antes de haber tenido amor, amante, novio o pretendiente. Porque es magdalena.

Más allá de la infancia, esa sabiduría se contamina de razón. Las magdalenas empiezan a analizar, dudan de lo que sienten y fingen durante un tiempo ignorar lo que saben  hasta que en algún momento se cruzan con una frase demoledora. ‘Hay mujeres para follar y mujeres para enamorarse’, esa que le dijeron a Malena la del nombre del tango. La caída del caballo, la dolorosa revelación de que no son imaginaciones ni paranoia, sino que esa sensación tan clara la han tenido otras antes y que la tendrán otras después. Mujeres para follar y mujeres para enamorarse, mujeres para ir al cine y mujeres para darles un sartenazo (sic.)

Magdalenas

Hay equipos, hay partido en marcha. Desde el principio, una sabe quién está en el lado del cine o en el de la sartén. Cómo se explica que mujeres como Sofía Loren, Ava Gardner o Rita Hayworth estén en el lado de la sartén, cuando deberían estar en el lado del pedestal. Serán unos centímetros de más, un tono de voz de menos, una nariz, un color… la tendencia a buscar motivos para lo arbitrario hace daño y no ayuda a entenderlo, es sólo inevitable. En el lado de las tardes en el cine siempre estarán las lánguidas, las rubias de Hitchcock, las frías, las pálidas perfectas y las sinsangre, con el halo puro y virginal que las acompañará siempre, aunque sus acciones no correspondan. Pueden tener su momento de debilidad, pero nunca serán pecadoras magdalenas.

Una lánguida total como Grace Kelly puede serle infiel a su marido en su propio rostro y que la mujer de moral dudosa siga siendo Ava Gardner. Porque a Ava Gardner en Mogambo se le supone un pasado y capacidad de beber whisky a morro. Y con esa actitud no te van a llevar nunca al cine.

Otra lánguida total como Audrey Hepburn puede ser un icono pánfilo, infantil y etéreo aunque sea una puta de lujo que desayuna enfrente del escaparate de la joyería en la que le compran regalos y se acabe enrollando con un chulo. Carambola mágica, es incluso capaz de convertir lo que podría ser un drama social en un clásico del amor del siglo XX. Es lo que tiene ser la imagen de la elegancia.

O Ilsa, tan incapaz de serle fiel a su marido moralmente como de serle infiel físicamente, que vuelca encima de su amante la responsabilidad de decidir si debe o no tirarse en sus brazos… Si ella no lo sabe, normal que le digan que se suba al avión y se vaya a volar con viento fresco.

Las lánguidas se redimen y siguen en el recto camino aunque tomen de vez en cuanto rutas alternativas, mientras que en el otro lado no hay redención para las magdalenas, ni conventos a los que retirarse como una doliente Ofelia. Las magdalenas no se hacen, son, no pueden evitarlo y tienen que seguir adelante con ello. No irán al cine acompañadas, ni siquiera Lauren. Triste desgracia, tampoco hay tantos Humphreys por la calle.

Y sin embargo, si pudieras decidir, si Morfeo te diera a elegir equipo con la píldora roja y la azul, ¿qué harías? Puede que dudaras, que pensaras si merece la pena que las cosas sean complicadas, para qué. O puede que recordaras una tarde después de clase en un bar de barrio, con ‘Lo que el viento se llevó’ puesto en la televisión y un camarero jovencito mirando la pantalla hipnotizado y diciendo a cada tanto ‘¡Qué mujer!’. No diciendo qué mona, qué preciosa o qué adorable, sino ¡qué mujer!

Nota histórica: No es envidiable el camino de las lánguidas. Después de todo un millonario abandonó a la Callas por una lánguida, pero eso no evitó que volviera a silbar por las noches a la ventana de Maria.

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Viajando sola

Me encanta viajar sola. Y no me refiero a lo que comúnmente se entiende como visitar, conocer, comer fuera o dormir en cama ajena. Me refiero a la actividad mucho más prosaica de transportarme sola de un lado a otro. Coger un avión o un tren, por trabajo o para visitar a alguien, sola y con dos, tres o cinco horas por delante sin nada que hacer en las que pensar, leer y mirar por la ventana, porque siempre elijo ventana. Y en particular, prefiero el tren.

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El avión tiene una ventaja, eso sí. Cuando vuelas, siempre hace sol, da igual la época del año y las condiciones meteorológicas. Hace sol y las nubes son blancas hasta doler. Pero es es sólo en el avión, todo el trámite previo de quitar y ponerse zapatos, quitar y ponerse abrigos y sacar y guardar documentación lo siento como una tortura medieval. Además de asaltarme esa inquietud de última hora en la que no sé si mis calcetines tienen algún tomate.

El tren es todo glamour, con sus estaciones, su vagón cafetería, sus ventanas para ver la niebla. Porque hoy tocaba tren y había niebla. Y allí iba yo, a tomar el tren de vuelta que coincidía con la hora de comer en punto. Eso era todo un dilema. Las cafeterías del tren no son tan glamourosas como deberían ser y me veía comiendo un bocadillo de tortilla fría con una mano y salpicándome de coca-cola con el movimiento. Eso no conviene nunca. Pero no había mayor problema, las estaciones me encantan y, aunque no es sólo por eso, están llenas de templos de comida para llevar, chucherías y tabaco. Siempre venden tabaco en la estación, no sé por qué.

A mí lo que me pedía el cuerpo era un menú para llevar del McDonalds con todos los complementos. Pero no, me decidí por la urbanidad para que mi casual compañero de asiento no tuviera que estar medio trayecto oliendo a hamburguesa. Ensalada pues. Ensalada, bebida rara de té y frutas casi imaginarias y piña. Muy sano, muy cívico y muy bien.

Allí estaba ya en mi asiento de ventanilla, viendo ya las primeras imágenes campestres, con mi comida sana y con un compañero de asiento hipnotizado con su móvil. Un vagón tranquilo, con poco ruido y muy apropiado para comer. Era el momento. La estampa hubiera sido digna de revista de estilo si no fuera porque al aliñar la ensalada, el botecito de vinagre me atacó por sorpresa, salpicándome la ropa, la comida, la piña y la mesa. Y perfumándolo todo a su paso. Regada de vinagre, miré de reojo al chico de al lado para comprobar cómo de ridícula era la situación, pero él, sin hacerme ningún caso, dejó su móvil y sacó una bolsa del McDonalds para meterse una hamburguesa entre pecho y espalda en cuatro bocados. Mientras yo seguía con una ensalada sin aliñar y mi perfume de vinagre.

Cuando acabé de comer, pensé en ponerme a leer para intentar subir mis puntos de mujer atractiva y carismática, pero desistí. La situación no lo permitía. La mejor manera de disfrutar del resto del viaje sería hacer la otra cosa que más me gusta de viajar sola. Dormir. Y dormí hasta llegar al destino.

Padre

Envejecer tiene alguna ventaja. Envejecer, sí, no crecer o madurar o alguno de los pseudosinónimos biensonantes que utilizamos con frecuencia. Envejecer y ponerse años encima, sin paños calientes ni perífrasis.

Hace poco dejé de ver a mi padre como a mi padre. O mejor dicho, dejé de verlo como mi padre y nada más.

Cuando era pequeña, mentía mucho en mi casa como es de rigor teniendo unos padres estrictos. Unas veces no me pillaban, otras veces no me lo hacían notar para evitarme la vergüenza, supongo (1) Pero cuando sí me pillaban y me lo decían, una frase destacaba por encima de todas. ‘¿Pero tú te crees que yo no he tenido quince años?’ Es la pregunta más retórica que jamás escuché, porque es más que evidente que sí, que en mi cabeza mi padre nunca tuvo quince años, ni tres, ni veinte. Mi padre nació con los cuarenta y tantos años que tenía cuando yo empecé a escuchar esa pregunta.

Digresión #1: ¿Cómo puede pensar una adolescente que sus padres no notan que se ha bebido dos litros de vino con cocacola y se ha fumado un paquete de tabaco? Ay, la ignorante juventud.

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Y con esa certeza fui envejeciendo, creciendo, madurando, descubriendo que la vida es un conjunto inseparable de tardes de sol y pérdidas. Despidos, rupturas, muertes, dolores… muchas despedidas, muchas continuas despedidas de cosas, personas y lugares. Disfrutar de esas tardes de sol antes, después o durante esas despedidas.

Y cuando ese descubrimiento ya estaba razonablemente asentado en mi cabeza, un día, un sábado de paella y café en el balcón mi padre dijo algo que hizo clic en el engranaje. En medio de la batallita que me estaba contando, de repente fui capaz de verle con esos quince y veinte años que se empeñaba en que había tenido. Mi padre de eternos cuarenta y tantos se convirtió en mi padre de los actuales setenta y pocos y a la vez en un hombre. Y aún más, entendí que mi padre, que cualquier padre, era como yo. Ni infalible, ni de una pieza. Con miedos, inseguridades y frustraciones. Tal vez quiso ascender más en el trabajo y no pudo. Tuvo miedo de no estar educando bien a sus hijos. Le rompieron el corazón, se arrastró por una ilusión que no mereció la pena. Hizo daño y se lo hicieron. Llegó a casa con un litro de vino en el cuerpo y se creyó muy listo porque sus padres no le dijeron nada al respecto.

Seguro que quiso proteger a sus hijos del dolor.

Pero un día descubrió que no lo había conseguido. Que sus hijos tenían sus penas propias, sus despedidas y sus pérdidas. Que nunca se puede proteger a nadie. A lo mejor ese mismo día mi padre dejó de verme como a su hija, o como a su hija y nada más.

Ahora escucho sus historias de otra manera, quiero conocerlas, disfrutarlas y sorprenderme con ellas. Puede que él quiera conocer las mías, pero no se las cuento. Aún es mi padre.

El decálogo de Magdalena

Conjunto de normas o consejos que, aunque no sean diez, son básicos para vivir como una Magdalena.

  1. Hay que tener gato
  2. Hay que llevar sombrero (ellas)
  3. Hay que dejarse barba (ellos)
  4. Hay que exagerar
  5. Hay que abrazar las contradicciones
  6. Hay que dejar las frases sin punto final
  7. Hay que pensar más ‘hay que’s’ para el decálogo

 

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Mitos y leyendas

Desde que me acuerdo he querido escribir. Una novela, cuentos, biografías… cualquier cosa que me permitiera ganarme la vida moviendo los dedos sobre una hoja de papel o un teclado. Y sin embargo, estoy en el atasco también desde que me acuerdo con algunos relatos sueltos, una especie de diario que es una relación epistolar que mantengo conmigo misma por mail y las notas que escribo cuando salgo de viaje y me acuerdo. En el avión me acuerdo siempre y me entra compulsión de escribir, pero cuando aterrizo hay veces que ya se me ha pasado.

Ese deseo siempre ha tenido aparejado un impedimento que no deja de crecer. He querido escribir como me gusta leer y me temo que eso no me sale. Hilar frases como las de Marguerite Yourcenar o crear historias como las de Cortázar o pintar atmósferas como las de Natsume Sotseki. U otros. Como no puede ser de otra manera, arrastro una adolescencia de acomplejada inadaptada que mutó en inseguridad galopante y resultó en perfeccionismo aplicado a la inacción. Si no puedo escribir como sueño, jamás escribiré, jamás.

Desde hace unos meses quería escribir un cuento inspirado en los mitos de Medusa y Polifemo, pero sólo se me ocurren cosas raras con ínfulas de profundidad. Frases raras y pseudo intensas como ‘su único (de ella) temor era que todo al que mirara se convirtiera en piedra’ o ‘uno de sus ojos estaba plagado de estrellas, el otro era frío como el hielo’… Con estos mimbres, no podía hacer otra cosa que abandonar.

Pero sigo con la idea de los mitos. Ahora me gusta la idea de Medusa y Ulises, con personajes que hacen calceta y se convierten en piedra. Se me ocurre alguna frase rara al respecto… Lo voy a intentar.

medusa

Imagen @ GevilGroup.com