Se encendió un cigarro mirando por la ventana mientras su amigo le traía una cerveza. Iban a ser unas bonitas vistas esas que le venían caídas del cielo, como ese aguacero sin fin en el que vivían, que parecía que no iba a terminar nunca, pero terminaría y en verano podría ver a las chicas pasar. De momento llovía a tres grados, la previsión del tiempo decía que durante la semana iba a nevar.

-─ Por tu cambio de vida, tío -─brindó cuando le llegó la cerveza-─. Tienes suerte.

Realmente pensaba era que la suerte era la suya, la suerte de que su amigo, que ni siquiera era tan amigo, sólo un tipo que le caía bien, hubiera pensado en alquilarle la casa a tan buen precio ahora que le trasladaban a Berlín. Habían trabado una relación de bar, de compartir chistes y tres o cuatro borracheras al año. A su amigo menos que amigo le gustaba que él fuera escenógrafo, conocedor de gente con intenciones de ser famosa, exótico y pobre como una rata. A él le gustaba que su amigo estuviera podrido de pasta.

astronauta

Pasó los ojos por el apartamento, los muebles oscuros de soltero, las lámparas industriales, el suelo de madera. Recorrió con la vista su buena suerte, que sólo le obligaba a escuchar de nuevo una retahíla de batallitas acerca de lo maravillosa que era la ciudad, lo feliz que fue allí hacía veinte años, cuánto había soñado con volver. Hablaba de Berlín como los pintores hablaban del París de los años veinte o los hippies hablaban de Ibiza de los sesenta, como si fuera un lugar mitológico, como si fuera el santo y seña de la cueva que escondía el tesoro. Escuchaba con medio cerebro esas historias que ya había escuchado sin prestar atención miles de veces. Con el resto del cerebro, comparaba esa casa con la suya.

Era más grande, con más luz y, a priori, con un casero más razonable. Además, pronto empezarían las obras en su escalera y no era mal momento para mudarse. Por lo demás, eran muy parecidas. Esas casas donde nunca se deja nadie un cepillo de dientes, con una cama en la que mantener largas relaciones con webcams de porno amateur, con un sofá desde donde mandar sinceros mensajes de amor a chicas que ya no le importaban. Nada que fuera mínimamente insustituible. Una buena casa para tener una mascota que no diera mucho trabajo. Periquitos, por ejemplo.

Quedaba algo más de una hora para que salieran hacia el aeropuerto, un par de cervezas más, un apogeo de camaradería de última hora y grandes planes.

-─ Me llaman. Dame un segundo.

Apuró la cerveza mientras oía a lo lejos la amortiguada conversación. No duró más de un par de minutos y cuando volvió, su amigo tenía la cara pálida y descompuesta.

-─ Se cancela todo. No me voy a ningún sitio -─dijo entre hipos y echándose a sus brazos.

Se quedó ahí clavado, dándole unas palmadas desganadas en la espalda y maldiciendo lo cerca que había estado de ocupar esa casa tan estupenda, la puta mierda que era haberse hecho tantas ilusiones. Al otro lado de la línea telefónica, una teleoperadora le contaba a su compañera de turno su enésima conversación rara del día. La gente ya no sabía que inventar para colgarles el teléfono, pero era la primera vez que se le ponían a llorar.

 

Feat. Los Piratas

“Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que permanecen desatendidas” – Teresa de Jesús

 

 

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