Me encanta viajar sola. Y no me refiero a lo que comúnmente se entiende como visitar, conocer, comer fuera o dormir en cama ajena. Me refiero a la actividad mucho más prosaica de transportarme sola de un lado a otro. Coger un avión o un tren, por trabajo o para visitar a alguien, sola y con dos, tres o cinco horas por delante sin nada que hacer en las que pensar, leer y mirar por la ventana, porque siempre elijo ventana. Y en particular, prefiero el tren.

estacion

El avión tiene una ventaja, eso sí. Cuando vuelas, siempre hace sol, da igual la época del año y las condiciones meteorológicas. Hace sol y las nubes son blancas hasta doler. Pero es es sólo en el avión, todo el trámite previo de quitar y ponerse zapatos, quitar y ponerse abrigos y sacar y guardar documentación lo siento como una tortura medieval. Además de asaltarme esa inquietud de última hora en la que no sé si mis calcetines tienen algún tomate.

El tren es todo glamour, con sus estaciones, su vagón cafetería, sus ventanas para ver la niebla. Porque hoy tocaba tren y había niebla. Y allí iba yo, a tomar el tren de vuelta que coincidía con la hora de comer en punto. Eso era todo un dilema. Las cafeterías del tren no son tan glamourosas como deberían ser y me veía comiendo un bocadillo de tortilla fría con una mano y salpicándome de coca-cola con el movimiento. Eso no conviene nunca. Pero no había mayor problema, las estaciones me encantan y, aunque no es sólo por eso, están llenas de templos de comida para llevar, chucherías y tabaco. Siempre venden tabaco en la estación, no sé por qué.

A mí lo que me pedía el cuerpo era un menú para llevar del McDonalds con todos los complementos. Pero no, me decidí por la urbanidad para que mi casual compañero de asiento no tuviera que estar medio trayecto oliendo a hamburguesa. Ensalada pues. Ensalada, bebida rara de té y frutas casi imaginarias y piña. Muy sano, muy cívico y muy bien.

Allí estaba ya en mi asiento de ventanilla, viendo ya las primeras imágenes campestres, con mi comida sana y con un compañero de asiento hipnotizado con su móvil. Un vagón tranquilo, con poco ruido y muy apropiado para comer. Era el momento. La estampa hubiera sido digna de revista de estilo si no fuera porque al aliñar la ensalada, el botecito de vinagre me atacó por sorpresa, salpicándome la ropa, la comida, la piña y la mesa. Y perfumándolo todo a su paso. Regada de vinagre, miré de reojo al chico de al lado para comprobar cómo de ridícula era la situación, pero él, sin hacerme ningún caso, dejó su móvil y sacó una bolsa del McDonalds para meterse una hamburguesa entre pecho y espalda en cuatro bocados. Mientras yo seguía con una ensalada sin aliñar y mi perfume de vinagre.

Cuando acabé de comer, pensé en ponerme a leer para intentar subir mis puntos de mujer atractiva y carismática, pero desistí. La situación no lo permitía. La mejor manera de disfrutar del resto del viaje sería hacer la otra cosa que más me gusta de viajar sola. Dormir. Y dormí hasta llegar al destino.

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