Desde que soñaba cosas raras se le hacía más difícil irse a la cama, que era a donde se dirigía después de otra cena más de risas, copas, bailes y buenos sentimientos, con un frío que congelaba el aliento y esperando encontrar un taxi para volver a casa, dormir, tal vez soñar. Los sueños no eran todas las noches, solo cada cierto tiempo y después de un día perfectamente anodino, la noche se confabulaba para matar un recuerdo feliz. Casi siempre se hundía como un peso muerto en una oscuridad silenciosa y vacía, en una nada reconfortante. Pero pasaban algunos días, veinte, doce, días en los que ya no lo esperaba y la oscuridad se llenaba con el eco de aquella voz.

– Es mi deber contarte la verdad

A partir de ahí, las imágenes se esforzaban en destrozar con sistemática precisión su vida tal y como la recordaba. Revivía aquellos momentos casi tal y como sucedieron, pero sabiendo cosas que no sabía entonces que habían sucedido y previendo ya las que iban a suceder, lo que se iba a romper, lo que iba a morir. La última vez había sido una novia, la más querida, la que recordaba perfecta y risueña y lista y guapa y siendo tan jóvenes los dos. En el sueño volvió a ver uno de esos momentos estúpidos, iluminados por la luz de un flexo, en mitad de la madrugada, con su sonrisa brillando, pero teñido de la desesperación que ya sabía que vendría después, del conocimiento del daño que se iban a causar, de la traición y las mentiras.  La felicidad es imposible sin una ficción mezcla de eternidad e ignorancia.

Aquellos sueños, que tendrían que ser fantasías por cumplir, se habían convertido en una suerte de conciencia castigadora que le iba arrebatando sus memorias más acogedoras. Se sopló los dedos mientras esperaba un taxi. Al menos sabía que aquella noche no iba a ocurrir, porque lo esperaba y nunca ocurría cuando lo esperaba.

Eran emboscadas sin preaviso que se le aparecían cuando cometía la imprudencia de olvidarse, de dejar de temerlas. Ese miedo que había intentado exorcizar con escapismos de drogas, alcohol, deporte, televisión, cualquier cosa que sugiriera la posibilidad de ausentarse. Incluso cenas como la de aquella noche, aunque no hubiera funcionado. Por fin paró un taxi y mientras veía pasar las calles, se desbordó de llanto de despedida. ¿Qué pasaría cuando llegara al último recuerdo? ¿Al último instante de perfección? Estaba lejos aquella edad en la que es posible vivir sin un lugar del pasado en el que refugiarse, al que aferrarse cuando llega el invierno. Lo que quedaba ya era separarse de los recuerdos felices que le quedaban, dejárselas en testamento a ese yo suyo que ya no existía. Sus mascotas, los abrazos de los amigos, los dedos que le tocaron, los borrosos momentos en que creyó ser muy feliz. El taxista lo miraba discretamente por el retrovisor, con una mezcla de curiosidad y temor, las luces navideñas creaban juegos de color en su cara cubierta de lágrimas. Pararon en su portal.

– Lo siento. Espero que todo mejore.

Pagó y subió a su casa esperando que se cumplieran los buenos deseos del taxista.

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“Siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección” – Sobre héroes y tumbas (Sábato)

“Morir, dormir, tal vez soñar” – Hamlet

 

 

 

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