Envejecer tiene alguna ventaja. Envejecer, sí, no crecer o madurar o alguno de los pseudosinónimos biensonantes que utilizamos con frecuencia. Envejecer y ponerse años encima, sin paños calientes ni perífrasis.

Hace poco dejé de ver a mi padre como a mi padre. O mejor dicho, dejé de verlo como mi padre y nada más.

Cuando era pequeña, mentía mucho en mi casa como es de rigor teniendo unos padres estrictos. Unas veces no me pillaban, otras veces no me lo hacían notar para evitarme la vergüenza, supongo (1) Pero cuando sí me pillaban y me lo decían, una frase destacaba por encima de todas. ‘¿Pero tú te crees que yo no he tenido quince años?’ Es la pregunta más retórica que jamás escuché, porque es más que evidente que sí, que en mi cabeza mi padre nunca tuvo quince años, ni tres, ni veinte. Mi padre nació con los cuarenta y tantos años que tenía cuando yo empecé a escuchar esa pregunta.

Digresión #1: ¿Cómo puede pensar una adolescente que sus padres no notan que se ha bebido dos litros de vino con cocacola y se ha fumado un paquete de tabaco? Ay, la ignorante juventud.

padre_e_hijo

Y con esa certeza fui envejeciendo, creciendo, madurando, descubriendo que la vida es un conjunto inseparable de tardes de sol y pérdidas. Despidos, rupturas, muertes, dolores… muchas despedidas, muchas continuas despedidas de cosas, personas y lugares. Disfrutar de esas tardes de sol antes, después o durante esas despedidas.

Y cuando ese descubrimiento ya estaba razonablemente asentado en mi cabeza, un día, un sábado de paella y café en el balcón mi padre dijo algo que hizo clic en el engranaje. En medio de la batallita que me estaba contando, de repente fui capaz de verle con esos quince y veinte años que se empeñaba en que había tenido. Mi padre de eternos cuarenta y tantos se convirtió en mi padre de los actuales setenta y pocos y a la vez en un hombre. Y aún más, entendí que mi padre, que cualquier padre, era como yo. Ni infalible, ni de una pieza. Con miedos, inseguridades y frustraciones. Tal vez quiso ascender más en el trabajo y no pudo. Tuvo miedo de no estar educando bien a sus hijos. Le rompieron el corazón, se arrastró por una ilusión que no mereció la pena. Hizo daño y se lo hicieron. Llegó a casa con un litro de vino en el cuerpo y se creyó muy listo porque sus padres no le dijeron nada al respecto.

Seguro que quiso proteger a sus hijos del dolor.

Pero un día descubrió que no lo había conseguido. Que sus hijos tenían sus penas propias, sus despedidas y sus pérdidas. Que nunca se puede proteger a nadie. A lo mejor ese mismo día mi padre dejó de verme como a su hija, o como a su hija y nada más.

Ahora escucho sus historias de otra manera, quiero conocerlas, disfrutarlas y sorprenderme con ellas. Puede que él quiera conocer las mías, pero no se las cuento. Aún es mi padre.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s