Y sin embargo

Ya no se cree nada. Se arropa con una manta de cinismo y declara que no tiene tiempo ni ganas de escuchar mentiras. Ni de leerlas. De dar valor a un mensaje en el que se invierte medio segundo. Da igual que sea una puesta de sol, una sonrisa, un ‘buenos días’ de pura desgana mientras se ven las noticias. De sentirse única sólo cuando escucha frases que sabe manoseadas, repetidas mil veces a mil personas diferentes.

Y sin embargo, hoy va a salir y se está pintando las uñas de los pies de rojo.

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Berlín, años cuarenta

Se encendió un cigarro mirando por la ventana mientras su amigo le traía una cerveza. Iban a ser unas bonitas vistas esas que le venían caídas del cielo, como ese aguacero sin fin en el que vivían, que parecía que no iba a terminar nunca, pero terminaría y en verano podría ver a las chicas pasar. De momento llovía a tres grados, la previsión del tiempo decía que durante la semana iba a nevar.

-─ Por tu cambio de vida, tío -─brindó cuando le llegó la cerveza-─. Tienes suerte.

Realmente pensaba era que la suerte era la suya, la suerte de que su amigo, que ni siquiera era tan amigo, sólo un tipo que le caía bien, hubiera pensado en alquilarle la casa a tan buen precio ahora que le trasladaban a Berlín. Habían trabado una relación de bar, de compartir chistes y tres o cuatro borracheras al año. A su amigo menos que amigo le gustaba que él fuera escenógrafo, conocedor de gente con intenciones de ser famosa, exótico y pobre como una rata. A él le gustaba que su amigo estuviera podrido de pasta.

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Pasó los ojos por el apartamento, los muebles oscuros de soltero, las lámparas industriales, el suelo de madera. Recorrió con la vista su buena suerte, que sólo le obligaba a escuchar de nuevo una retahíla de batallitas acerca de lo maravillosa que era la ciudad, lo feliz que fue allí hacía veinte años, cuánto había soñado con volver. Hablaba de Berlín como los pintores hablaban del París de los años veinte o los hippies hablaban de Ibiza de los sesenta, como si fuera un lugar mitológico, como si fuera el santo y seña de la cueva que escondía el tesoro. Escuchaba con medio cerebro esas historias que ya había escuchado sin prestar atención miles de veces. Con el resto del cerebro, comparaba esa casa con la suya.

Era más grande, con más luz y, a priori, con un casero más razonable. Además, pronto empezarían las obras en su escalera y no era mal momento para mudarse. Por lo demás, eran muy parecidas. Esas casas donde nunca se deja nadie un cepillo de dientes, con una cama en la que mantener largas relaciones con webcams de porno amateur, con un sofá desde donde mandar sinceros mensajes de amor a chicas que ya no le importaban. Nada que fuera mínimamente insustituible. Una buena casa para tener una mascota que no diera mucho trabajo. Periquitos, por ejemplo.

Quedaba algo más de una hora para que salieran hacia el aeropuerto, un par de cervezas más, un apogeo de camaradería de última hora y grandes planes.

-─ Me llaman. Dame un segundo.

Apuró la cerveza mientras oía a lo lejos la amortiguada conversación. No duró más de un par de minutos y cuando volvió, su amigo tenía la cara pálida y descompuesta.

-─ Se cancela todo. No me voy a ningún sitio -─dijo entre hipos y echándose a sus brazos.

Se quedó ahí clavado, dándole unas palmadas desganadas en la espalda y maldiciendo lo cerca que había estado de ocupar esa casa tan estupenda, la puta mierda que era haberse hecho tantas ilusiones. Al otro lado de la línea telefónica, una teleoperadora le contaba a su compañera de turno su enésima conversación rara del día. La gente ya no sabía que inventar para colgarles el teléfono, pero era la primera vez que se le ponían a llorar.

 

Feat. Los Piratas

“Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que permanecen desatendidas” – Teresa de Jesús

 

 

Viajando sola

Me encanta viajar sola. Y no me refiero a lo que comúnmente se entiende como visitar, conocer, comer fuera o dormir en cama ajena. Me refiero a la actividad mucho más prosaica de transportarme sola de un lado a otro. Coger un avión o un tren, por trabajo o para visitar a alguien, sola y con dos, tres o cinco horas por delante sin nada que hacer en las que pensar, leer y mirar por la ventana, porque siempre elijo ventana. Y en particular, prefiero el tren.

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El avión tiene una ventaja, eso sí. Cuando vuelas, siempre hace sol, da igual la época del año y las condiciones meteorológicas. Hace sol y las nubes son blancas hasta doler. Pero es es sólo en el avión, todo el trámite previo de quitar y ponerse zapatos, quitar y ponerse abrigos y sacar y guardar documentación lo siento como una tortura medieval. Además de asaltarme esa inquietud de última hora en la que no sé si mis calcetines tienen algún tomate.

El tren es todo glamour, con sus estaciones, su vagón cafetería, sus ventanas para ver la niebla. Porque hoy tocaba tren y había niebla. Y allí iba yo, a tomar el tren de vuelta que coincidía con la hora de comer en punto. Eso era todo un dilema. Las cafeterías del tren no son tan glamourosas como deberían ser y me veía comiendo un bocadillo de tortilla fría con una mano y salpicándome de coca-cola con el movimiento. Eso no conviene nunca. Pero no había mayor problema, las estaciones me encantan y, aunque no es sólo por eso, están llenas de templos de comida para llevar, chucherías y tabaco. Siempre venden tabaco en la estación, no sé por qué.

A mí lo que me pedía el cuerpo era un menú para llevar del McDonalds con todos los complementos. Pero no, me decidí por la urbanidad para que mi casual compañero de asiento no tuviera que estar medio trayecto oliendo a hamburguesa. Ensalada pues. Ensalada, bebida rara de té y frutas casi imaginarias y piña. Muy sano, muy cívico y muy bien.

Allí estaba ya en mi asiento de ventanilla, viendo ya las primeras imágenes campestres, con mi comida sana y con un compañero de asiento hipnotizado con su móvil. Un vagón tranquilo, con poco ruido y muy apropiado para comer. Era el momento. La estampa hubiera sido digna de revista de estilo si no fuera porque al aliñar la ensalada, el botecito de vinagre me atacó por sorpresa, salpicándome la ropa, la comida, la piña y la mesa. Y perfumándolo todo a su paso. Regada de vinagre, miré de reojo al chico de al lado para comprobar cómo de ridícula era la situación, pero él, sin hacerme ningún caso, dejó su móvil y sacó una bolsa del McDonalds para meterse una hamburguesa entre pecho y espalda en cuatro bocados. Mientras yo seguía con una ensalada sin aliñar y mi perfume de vinagre.

Cuando acabé de comer, pensé en ponerme a leer para intentar subir mis puntos de mujer atractiva y carismática, pero desistí. La situación no lo permitía. La mejor manera de disfrutar del resto del viaje sería hacer la otra cosa que más me gusta de viajar sola. Dormir. Y dormí hasta llegar al destino.

Rojo esperanza

El rumor del papel de seda de la ropa recién comprada se le antojaba lo más parecido a una promesa casi cumplida, ese placer anticipado que hacía que mereciera la pena cada minuto que había tenido que trabajar para comprar ese vestido. Lo miró embobada, era delicioso, un placer para los ojos y las manos, con su tacto cálido y resbaladizo y tan rojo como era físicamente posible. Ahora tocaba probárselo y valorar el efecto que iba a causar, con una luz mucho más caritativa que los fluorescentes de pollería de las tiendas que causaban ganas de salir huyendo de la imagen apocalíptica que mostraban.

Se lo vistió con infinito cuidado para no arrugarlo y se apresuró a buscar unos zapatos que completaran la estampa. El maquillaje que llevaba no era perfecto, pero estaría bien. Sólo entonces se miró en el espejo de su dormitorio.

Se vio guapa. Se vio como creía que él la iba a ver, elegante y preciosa, perfecta para la cita perfecta que iban a tener. Su imaginación se disparó en mil direcciones diferentes y todas tenían final feliz, todas incluían frases bonitas, chispas y pirotecnia y eso era lo que buscaba. Aprobó su imagen y echó un vistazo rápido al teléfono para comprobar si había enviado algún mensaje. La pantalla le devolvió su imagen y nada más. Pero sólo era lunes, aún había tiempo.

Con cierta contrariedad culpable por no poder disfrutarlo un poco más se quitó el vestido y lo estiró con cuidado antes de ponerlo en una percha y colgarlo en el armario al lado de otra docena de vestidos rojos sin estrenar.

Se acostó con una sonrisa que le iluminaba toda la cara.

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Aquellos sueños

Desde que soñaba cosas raras se le hacía más difícil irse a la cama, que era a donde se dirigía después de otra cena más de risas, copas, bailes y buenos sentimientos, con un frío que congelaba el aliento y esperando encontrar un taxi para volver a casa, dormir, tal vez soñar. Los sueños no eran todas las noches, solo cada cierto tiempo y después de un día perfectamente anodino, la noche se confabulaba para matar un recuerdo feliz. Casi siempre se hundía como un peso muerto en una oscuridad silenciosa y vacía, en una nada reconfortante. Pero pasaban algunos días, veinte, doce, días en los que ya no lo esperaba y la oscuridad se llenaba con el eco de aquella voz.

– Es mi deber contarte la verdad

A partir de ahí, las imágenes se esforzaban en destrozar con sistemática precisión su vida tal y como la recordaba. Revivía aquellos momentos casi tal y como sucedieron, pero sabiendo cosas que no sabía entonces que habían sucedido y previendo ya las que iban a suceder, lo que se iba a romper, lo que iba a morir. La última vez había sido una novia, la más querida, la que recordaba perfecta y risueña y lista y guapa y siendo tan jóvenes los dos. En el sueño volvió a ver uno de esos momentos estúpidos, iluminados por la luz de un flexo, en mitad de la madrugada, con su sonrisa brillando, pero teñido de la desesperación que ya sabía que vendría después, del conocimiento del daño que se iban a causar, de la traición y las mentiras.  La felicidad es imposible sin una ficción mezcla de eternidad e ignorancia.

Aquellos sueños, que tendrían que ser fantasías por cumplir, se habían convertido en una suerte de conciencia castigadora que le iba arrebatando sus memorias más acogedoras. Se sopló los dedos mientras esperaba un taxi. Al menos sabía que aquella noche no iba a ocurrir, porque lo esperaba y nunca ocurría cuando lo esperaba.

Eran emboscadas sin preaviso que se le aparecían cuando cometía la imprudencia de olvidarse, de dejar de temerlas. Ese miedo que había intentado exorcizar con escapismos de drogas, alcohol, deporte, televisión, cualquier cosa que sugiriera la posibilidad de ausentarse. Incluso cenas como la de aquella noche, aunque no hubiera funcionado. Por fin paró un taxi y mientras veía pasar las calles, se desbordó de llanto de despedida. ¿Qué pasaría cuando llegara al último recuerdo? ¿Al último instante de perfección? Estaba lejos aquella edad en la que es posible vivir sin un lugar del pasado en el que refugiarse, al que aferrarse cuando llega el invierno. Lo que quedaba ya era separarse de los recuerdos felices que le quedaban, dejárselas en testamento a ese yo suyo que ya no existía. Sus mascotas, los abrazos de los amigos, los dedos que le tocaron, los borrosos momentos en que creyó ser muy feliz. El taxista lo miraba discretamente por el retrovisor, con una mezcla de curiosidad y temor, las luces navideñas creaban juegos de color en su cara cubierta de lágrimas. Pararon en su portal.

– Lo siento. Espero que todo mejore.

Pagó y subió a su casa esperando que se cumplieran los buenos deseos del taxista.

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“Siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección” – Sobre héroes y tumbas (Sábato)

“Morir, dormir, tal vez soñar” – Hamlet

 

 

 

La primera vez

Las tardes de julio son propicias para el drama y proclives a las averías. Estaba tirado en el sofá, frente al balcón abierto, invocando el mínimo atisbo de brisa que aliviara la huelga indefinida que había declarado su aire acondicionado. Fumaba mirando al techo y se dejaba hundir por la voz de María Callas cantando ‘Casta Diva’. Las tardes de julio también son propicias para las óperas ardientes.

Le llegaba de la calle el rumor de una conversación vagamente triste, una pareja poco más que adolescente sentada en un banco, amenazados de combustión espontánea bajo aquel sol atroz. Se incorporó para verlos mejor y vio que lloraban a moco tendido, los dos, con el impudor de no tener ni veinte años, con el fondo de la música ‘senza nube e senza bel’.

Aquel calor pudría la carne y los buenos deseos, incluso los malos, y convertía todo en líquidos salados, como el sudor y las lágrimas.

El chico la acariciaba el pelo y ella permanecía encogida como un cachorro de perrera, con algún gemido suelto y desesperado. Entendía sin oirlo lo que se estaban diciendo, el discurso eterno de la retirada sin honor y los envidió un poco porque sabía que ellos aún se creían esas palabras innatas a la cobardía humana y la decepción. Se preguntó si habrían escuchado alguna vez a Callas más allá de la superficialidad de algún anuncio en televisión, si sospecharían que todo lo que se estaban diciendo se había dicho ya mil veces y que los igualaba con todos los veinteañeros que había habido y habría.

Rompieron el abrazo, los dos o puede que solo el chico, que se quedó de pie mirándose los pies. Ahora sí podía entender las palabras.

– Ojalá no estuvieras buena, así sabría que no he estado contigo solo por follar.

El calor era tan denso que esa frase hubiera podido puntuarse con un trueno y un diluvio bíblico. Pero no se oyó nada y hasta la chica congeló su llanto, como si la hubieran apaleado. No quiso mirar más. Se volvió a su teléfono para ver si encontraba en la agenda alguna forma de pasar la tarde que incluyera aire acondicionado en funcionamiento. Buscó por la M de Callas.

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Feat. Iván Ferreiro y Karina Sainz Borgo

Padre

Envejecer tiene alguna ventaja. Envejecer, sí, no crecer o madurar o alguno de los pseudosinónimos biensonantes que utilizamos con frecuencia. Envejecer y ponerse años encima, sin paños calientes ni perífrasis.

Hace poco dejé de ver a mi padre como a mi padre. O mejor dicho, dejé de verlo como mi padre y nada más.

Cuando era pequeña, mentía mucho en mi casa como es de rigor teniendo unos padres estrictos. Unas veces no me pillaban, otras veces no me lo hacían notar para evitarme la vergüenza, supongo (1) Pero cuando sí me pillaban y me lo decían, una frase destacaba por encima de todas. ‘¿Pero tú te crees que yo no he tenido quince años?’ Es la pregunta más retórica que jamás escuché, porque es más que evidente que sí, que en mi cabeza mi padre nunca tuvo quince años, ni tres, ni veinte. Mi padre nació con los cuarenta y tantos años que tenía cuando yo empecé a escuchar esa pregunta.

Digresión #1: ¿Cómo puede pensar una adolescente que sus padres no notan que se ha bebido dos litros de vino con cocacola y se ha fumado un paquete de tabaco? Ay, la ignorante juventud.

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Y con esa certeza fui envejeciendo, creciendo, madurando, descubriendo que la vida es un conjunto inseparable de tardes de sol y pérdidas. Despidos, rupturas, muertes, dolores… muchas despedidas, muchas continuas despedidas de cosas, personas y lugares. Disfrutar de esas tardes de sol antes, después o durante esas despedidas.

Y cuando ese descubrimiento ya estaba razonablemente asentado en mi cabeza, un día, un sábado de paella y café en el balcón mi padre dijo algo que hizo clic en el engranaje. En medio de la batallita que me estaba contando, de repente fui capaz de verle con esos quince y veinte años que se empeñaba en que había tenido. Mi padre de eternos cuarenta y tantos se convirtió en mi padre de los actuales setenta y pocos y a la vez en un hombre. Y aún más, entendí que mi padre, que cualquier padre, era como yo. Ni infalible, ni de una pieza. Con miedos, inseguridades y frustraciones. Tal vez quiso ascender más en el trabajo y no pudo. Tuvo miedo de no estar educando bien a sus hijos. Le rompieron el corazón, se arrastró por una ilusión que no mereció la pena. Hizo daño y se lo hicieron. Llegó a casa con un litro de vino en el cuerpo y se creyó muy listo porque sus padres no le dijeron nada al respecto.

Seguro que quiso proteger a sus hijos del dolor.

Pero un día descubrió que no lo había conseguido. Que sus hijos tenían sus penas propias, sus despedidas y sus pérdidas. Que nunca se puede proteger a nadie. A lo mejor ese mismo día mi padre dejó de verme como a su hija, o como a su hija y nada más.

Ahora escucho sus historias de otra manera, quiero conocerlas, disfrutarlas y sorprenderme con ellas. Puede que él quiera conocer las mías, pero no se las cuento. Aún es mi padre.

La reseña

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ujer, ciertos años, un número fijo de centímetros uno encima del otro, una cantidad vagamente variable de kilos, ojos y pelo de un determinado color, profesión y lugar de nacimiento. Y para acercar al personaje, una anécdota, una canción, la repetición errática y excesiva del verbo perturbar. Con eso basta para una reseña de Bolaño.

Una novela sería más compleja y compasiva, tendría opinión y cercanía al personaje. Un poema sería ideal y eterno.

Sin embargo, una reseña basta con que sea verdad. Una verdad tan de verdad, que se consume a sí misma dejando fuera todo lo demás, dejando tanto fuera que se convierte en una mentira. Y mañana, otra reseña.

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